Las primeras versiones de las hipótesis surgen desde el momento de enunciar el problema. Supuestos preliminares que se superan a medida que se profundiza el planteamiento del problema. Se encuentran estrechamente vinculadas con el problema de investigación; surgen de su seno. Al iniciar la formulación del problema surgen unas “hipótesis de trabajo” que se modifican al avanzar el proceso de construcción del conocimiento.
Las hipótesis de trabajo empiezan a negar el problema; permiten adelantar una respuesta tentativa. A medida que estas hipótesis iniciales se superan y alcanzan un nivel superior (hipótesis científicas), el problema empezará a ser negado, es decir, a dejar de ser problema de investigación. Cuando las hipótesis se comprueban por los medios científicos disponibles y se convierten en leyes (aunque no siempre sucede), entonces estamos en presencia de otra negación dialéctica: las hipótesis dejan de serlo al superarse y transformarse en leyes.
Las hipótesis tienen que apoyarse tanto en conocimientos teóricos (si los hay) como en información empírica. Si un problema se elabora de manera descriptiva, las hipótesis serán también descriptivas. Muchas investigaciones carecen de hipótesis debido a la falta de datos empíricos o de elementos teóricos. Se busca entonces, al término del trabajo, formular hipótesis debidamente fundamentadas que permitan dirigir estudios posteriores sobre el asunto.
Las hipótesis deben estar sustentadas correctamente en conocimientos teóricos y empíricos antes de pasar a su comprobación. En la medida que una hipótesis se encuentre apoyada en los marcos de la ciencia y en las teorías generales y particulares respectivas, habrá una mayor posibilidad que se comprueben en los términos planteados. Se recomienda plantear una o más hipótesis rectoras de las cuales se deriven otras más particulares que respondan a los problemas específicos concretados en términos de preguntas. Así evitamos la dispersión en el análisis.
Las hipótesis deben recuperar por un lado, los aspectos más relevantes de la teoría (hipótesis central o rectora) y por el otro, los elementos empíricos concretos propios del fenómeno que se investiga (hipótesis específicas). De este modo evitamos elaborar sólo hipótesis abstractas de poca utilidad para la investigación científica. Las hipótesis rescatan la concepción de la realidad expresada en la teoría. Nos sirven de guía en la apropiación del objeto de estudio a través de la elaboración de hipótesis intermedias (particulares) que a su vez conduzcan a la elaboración de otras de carácter empírico (específicas). Nos orientan en la búsqueda de los aspectos más esenciales de la realidad a fin de descubrir las leyes que rigen los fenómenos. Quedarse con las hipótesis empíricas sin estar enmarcadas en hipótesis teóricas (rectoras) nos haría caer en la corriente positivista que analiza sólo los aspectos externos de los procesos sociales, sobrevalorando los datos empíricos y cuyo resultado es un análisis parcial y reduccionista de los fenómenos.
Comentarios
Publicar un comentario